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8 de octubre de 2021

 

Cuando leí hace unos años "Las leyes de la frontera" sentí un impulso muy parecido a aquel que me sacudió de pies a cabeza al terminar la lectura de "Celda 211". La emoción del libro era muy diferente, pero la contundencia con la que me había golpeado por dentro la reconocí inmediatamente. Tenía que llevar esta historia a la pantalla.

El universo que recrea el libro de Javier Cercas siempre me ha resultado fascinante. Aquel tiempo, el de los primeros años de la transición, fue una época que conocí de niño y adolescente, aunque mientras la viví no pude entender su trascendencia. Durante aquellos primeros años de democracia sentíamos que todo era posible, que un mundo mejor basado en el respeto y la libertad llamaba por fin a las puertas, pintando el gris ceniciento de la vida social española con cautivadores colores de Titanlux...

La ilusión era generalizada. La transformación de nuestra vida y nuestra sociedad, sin embargo, tenía una cara B: los restos enquistados del franquismo y la terrible pobreza de gran parte de la población que contemplaba lo que ocurría amontonada en los arrabales de las grandes ciudades con el amargo sentimiento de no haber sido invitada a participar en la fiesta. De estos poblados de la miseria surgieron los quinquis, chicos y chicas casi adolescentes que, conscientes de la injusticia de sus circunstancias, decidieron vivir al margen de la ley, cogiendo a la fuerza lo que sentían que también debía ser suyo. Viviendo deprisa y muriendo deprisa.

El género del cine quinqui supuso para la época de la transición lo que el western o el cine de gángsters supusieron para el cine americano: una mitificación romántica de la figura del delincuente como héroe de leyenda, sólo que con características profundamente arraigadas en nuestra realidad más reconocible y cruda. Con aroma de cine de denuncia, con dosis de acción inusitadas para la época y con una crudeza de contenido y formas que aún hoy resulta dura de digerir, todas estas películas

llenaron los cines de barrio con millones de espectadores que animaban exaltados los golpes del Vaquilla, el Jaro o el Torete. Todas desprendían autenticidad y, a veces de forma voluntaria y otras más involuntaria, desprendían también un vibrante lirismo.

Recrear toda esta época y emular este género ya resultaban razones más que estimulantes para embarcarme en la adaptación del universo que propone Cercas, pero hubo más argumentos que me convencieron. El primero se refiere al punto de vista de la narración. El viaje al otro lado de la frontera que plantea la historia se ofrece desde los ojos de un joven de clase media, un estudiante de diecisiete años, hijo de funcionario, que vive donde la mayoría de nosotros, a este lado de la barrera, en un mundo, digamos, presidido por la normalidad. Este chico, Nacho, nos coge de la mano y da el salto al otro lado de la frontera. Con él emprendemos una aventura por el lado salvaje de la vida, una aventura que todos, en mayor o menor medida, hemos sentido ganas de vivir. Saltarse la ley y vivir deprisa junto a un grupo de delincuentes. Pura adrenalina adolescente.

Pero Nacho no solo se entrega a la aventura movido por la atracción hacia el peligro, la libertad y el arrojo que representan el Zarco y su cuadrilla, sino que se entrega a la aventura movido principalmente por el amor. El primer amor adolescente. Y es que, por encima de todo, esta es una historia de amor. Una historia de amor emocionante y compleja. Nacho, un chico tímido y normal de clase media se enamora sin remedio de Tere, una irresistible quinqui del otro lado de la frontera.

Pero Tere es la chica del Zarco. ¿O es Zarco el chico de Tere? ¿O quizá ninguna de las dos cosas?  "Las leyes de la frontera " es una historia de amor a tres bandas: misteriosa, bellísima, triste, profunda, de las que dejan huella, de las que no se olvidan. Una historia contada con las maneras de un thriller y el trasfondo histórico de la transición, en pleno verano de 1978, cuando toda una sociedad trataba de empezar a recorrer un nuevo camino con el pesado lastre de cuarenta años de represión.

También es el testimonio del tránsito por la pubertad de un adolescente de dieciséis años, del primer deseo sexual y del amor. Como decía al principio, y por todas estas razones, imposible no hacerla.

(*): El excrítico y cineasta español Daniel Monzón ("El niño", "Celda 211") estrena este fin de semana en salas "Las Leyes de la Frontera", adaptación de la novela homónima de Javier Cercas.

 

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