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4 de junio de 2020

 

Diego Fried, quien en 2010 había estrenado "Vino", una producción de

corte netamente independiente, regresa al cine con "La fiesta

silenciosa" (2019), una película que básicamente se encuentra en las

antípodas de su antecesora. Mientras que en la primera trabajaba sobre

un registro más intimista y de cine de autor ahora se vuelca al cine de

género cruzando elementos de Quentin Tarantino y Michael Haneke pero con

un estilo criollo.

 

La pareja que conforman Jazmín Stuart y Esteban Bigliardi se dirige a la

casa del padre de ella, ubicada en las afueras de la ciudad, donde se

realizará la boda entre ambos. Todo está bajo el control del padre, un

prestigioso abogado interpretado por Gerardo Romano que tiene a su cargo

la organización del evento. Todo menos el stress prenupcial a la que

está sometida la novia que hace que en medio de la noche abandone la

casa y camine sin rumbo. En ese deambular sin sentido termina en una

casa vecina donde un grupo de jóvenes organizaron una fiesta silenciosa

(fiesta donde todos los invitados usan auriculares que transmiten la

misma música). Entre la crisis, el alcohol y la música, la futura esposa

termina teniendo relaciones con uno de los organizadores (Lautaro

Bettoni) mientras bruscamente aparece un tercero que la termina violando

(Gastón Cocchiarale). La venganza será implacable.

 

De entrada, y siguiendo las convenciones del género, Fried, tira algunas

líneas para saber por dónde vendrá la historia. Corte y un flashback nos

lleva al principio donde todo se desarrolla con total normalidad, y el

foco está puesto en la crisis prenupcial. Todo indica que hasta el

momento estamos más cercanos a una película de corte indie, de

personajes por sobre aquellos tópicos que caracterizan al cine de

género, pero si bien el prólogo indicaba que en algún momento el

registro iba a cambiar, Fried sorprende con cambios permanentes. Y así

pasamos a una fusión entre Funny Games, de Michael Haneke con Kill Bill

de Quentin Tarantino donde Jazmín Stuart se convierte en una suerte de

Uma Thurman con sed de venganza.

 

"La fiesta silenciosa", codirigida por Federico Finkelstain, como buena

película de género, descomprime la violencia de sus escenas de sangre y

tortura con el humor inocente que brota del personaje de Esteban

Bigliardi, que funciona como el contrapunto ideal entre Jazmín Stuart y

Gerardo Romano y en las antípodas de la perversión de Gastón Cocchiarale.

 

Entretenida y sangrienta, con una fuerza narrativa de entrada que sobre

el final es muy difícil de sostener, por momentos graciosa, otros

terroríficos, angustiante y también para pensar sobre el ejercicio de la

justicia por cuenta propia, Fried logra lo que no muchos consiguen:

poner varios ingedientes en la coctelera, batirlos y generar un híbrido

bien criollo, pero por sobre todo eficaz y entretenido, donde Jazmín

Stuart se luce como una chica empoderada de principio a final.

 

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