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3 de mayo de 2021

 

El drama más atípico de la argentina Ana Katz, "El perro que no calla"

(2021), formaba parte de la lista de films exhibidos en la 43 edición

del Festival de Cine de Moscú, luego de pasar por varios otros

certámenes desde principios de este año. El largometraje presenta,

sutilmente, una narrativa sobre la incertidumbre y la imprevisibilidad

de la vida.

 

"El perro que no calla" utiliza a una perra que llora sin cesar como

catalizador de la trama, que está compuesta por distintos fragmentos de

la vida de Sebastián, un hombre de treinta años, cuya realidad sufre

importantes cambios desde la muerte del animal. El título narra

diferentes momentos de las vivencias del protagonista a través de

elipsis temporales,  desde su disposición para dejar su trabajo y cuidar

de su perra, pasando por una mudanza a la pampa, sus inicios como

agricultor en un campo, el nacimiento de su hijo, su separación, y lo

más sorprendente de todo, la colisión de un asteroide con el planeta.

 

El tema de la cinta es el cambio, esa transformación constante que es la

vida, y que no solo pasa por una alteración física propia de la edad,

sino por las experiencias de diferentes etapas de nuestra existencia. Es

realmente llamativa la capacidad que tiene la argentina de comenzar la

historia con unos inofensivos ladridos de una perra que se siente

triste, y acabar con una visión prácticamente apocalíptica del mundo,

sin romper con el tono, ni con el universo que presenta.

 

La fotografía en blanco y negro es muy atractiva y el uso de

ilustraciones en ciertos momentos, la hacen realmente original. Esos

dibujos, en forma de bocetos animados explican aquello que no se muestra

delante de la cámara, como si fuese un cuento. Más allá de su belleza

estética, es cierto que es una forma muy inteligente de no mostrar

momentos que hubiesen sido complejos de representar a través de

grabaciones, como el atropello de un perro y su entierro, o, el choque

de un meteorito contra la Tierra, y que hubiese supuesto, una importante

suma de dinero para el uso de VFX (efectos especiales).

 

Presentar las escenas a través de fragmentos de la vida de alguien, con

elipsis espaciadas en el tiempo, es una buena decisión, ya que aportan

un gran ritmo y dinamismo en una realidad en la que el espectador medio

es incapaz de prestar demasiada atención a la pantalla por un período

largo y continuado. Ofrecer al público algo nuevo constantemente, y en

forma de píldoras, funciona extremadamente bien.

 

Lo que más sorprende del film, es que Katz lo rodó antes de la pandemia

del COVID-19, "prediciendo" de alguna forma la enfermedad colectiva y la

obligatoriedad del uso de mascarillas, que se asemejan a los cascos de

oxígeno que presentan en la trama. Las similitudes entre estos dos

elementos, como la imposibilidad de respirar correctamente o la

dificultad a la hora de entendernos, hacen realmente curioso este

producto audiovisual.

 

"El perro que no calla" es originalidad en bandeja, con un tono que une

la comedia al drama, y viceversa. Es un gran relato de vivencias, como

si nuestro cerebro antes de morir ordenase nuestros recuerdos, pero en

una bella cinematografía en blanco y negro.

 

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