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31 de agosto de 2021

 

 

Bajo la dirección de Nia DaCosta regresa el hombre del gancho en versión

siglo XXI en un film correcto cuya ambición le juega en contra. En los

últimos años una tendencia se puso de manifiesto en el cine: hablar del

racismo desde el género. Películas de western, musicales, pero sobre

todo de terror, abordaron los años de abuso sufrido por los negros. Esta

tendencia se subrayó con "Déjame salir / ¡Huye! / Get Out" (2017) del

mismo Jordan Peele, y las series "Them" y "El ferrocarril subterráneo /

The Underground Railroad", ambas de Amazon Prime Video.

 

Pero si hay que remontarse en el tiempo es "Candyman" (1992) uno de los

primeros ejemplares del caso, que contaba la maldición producida luego

de que un hombre que repartía dulces fuera injustamente torturado en

1890 y arrojado a las abejas. Ahora estamos en el barrio de Cabrini

Green, pero esta vez con condimentos sociopolíticos más evidentes y

explícitos que en la original. Los blancos son los villanos y por ende

víctimas del hombre negro "convocado" al decir su nombre 5 veces frente

al espejo.

 

El artista Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen II) se muda con su pareja

al barrio y, al desconocer la maldición, revive el asunto mediante su

obra plástica que busca reivindicar a las clases bajas afroamericanas

desplazadas por un emprendimiento inmobiliario. El subtexto aquí se

presenta en primera plana, incluso en didácticos diálogos, para

reafirmar el daño producido por la hegemonía blanca a la población

afroamericana.

 

Pero la cuestión ideológica no es un problema en sí mismo ante tanta

producción vacía de contenido para elaborar los relatos. El problema de

esta nueva "Candyman" (2021) es que se vuelve pretenciosa, tratando de

ser mediante su alegoría, algo más de lo que es: una película de terror

con un gran personaje.

 

Porque ese es el gran mérito de Candyman, sumarse al panteón de los

grandes monstruos que tiene a Freddy Krueger, Jason Voorhees y Michael

Myers entre sus filas. Asesinos imbatibles, con cierto encanto e

iconografía, dueños de una maldición con reglas propias.

 

Esta producción también escrita por Jordan Peele debería limitarse a

explotar estas cualidades significativas que convirtieron en clásico a

la película original. Y si luego logra hacer además una parábola social,

bienvenida sea.

 

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