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8 de agosto de 2019

 

Una nueva terapia basada en el tratamiento de respuesta fundamental

(TRF), que involucra a los padres, funciona mejor que las ya conocidas

para motivar a los niños con autismo a hablar, según los resultados de

un gran estudio realizado por investigadores de la Facultad de Medicina

de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos publicados este lunes

en la revista «Pediatrics», citada por Reuters.

 

Debido a que los niños con autismo están menos motivados socialmente que

otros, los instintos de los padres sobre cómo ayudarlos a menudo no

tienen éxito, admite Grace Gengoux, profesora asociada clínica de

Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento.

 

«Les estábamos enseñando a los padres cómo establecer situaciones en las

que sus hijos estarían motivados para comunicarse --explica Gengoux--.

Los resultados de nuestro estudio son emocionantes porque descubrimos

que los niños en el grupo TRF mejoraron no solo en sus habilidades de

comunicación, sino también en sus habilidades sociales más amplias».

 

Heidi Pim participó en el estudio con su hijo, James, a quien le

diagnosticaron autismo y retrasos en el habla. «Estaba realmente

preocupada y ansiosa por no saber si alguna vez sería capaz de hablar»,

admite. Le impresionaron los cambios que vio en James, que tenía 3 años

en el momento del estudio.

 

«Me siento muy agradecida de ver cuántas palabras y frases sabe

--destaca--. Él puede hablar con claridad y socializar también,

acercarse a las personas y hacerles preguntas».

 

El estudio, de seis meses, reclutó a 48 niños, de entre 2 y 5 años, que

tenían autismo y retrasos significativos en el lenguaje. La mitad de los

niños recibió tratamiento TRF de los terapeutas y sus padres, mientras

que los niños restantes continuaron recibiendo los tratamientos de

autismo que habían recibido antes de que comenzara el estudio, que

incluía otros tipos de análisis conductual aplicado y terapia del habla

convencional.

 

Durante las primeras 12 semanas del estudio, los niños en el grupo TRF

se sometieron a 10 horas por semana con un terapeuta capacitado, y sus

padres recibieron capacitación durante una hora por semana sobre cómo

usar las técnicas de tratamiento durante las interacciones diarias con

sus hijos.

 

Durante las segundas 12 semanas del estudio, los niños en el grupo

recibieron cinco horas por semana de tratamiento con el terapeuta, y sus

padres tuvieron sesiones de instrucción mensuales.

 

En el TFR, el terapeuta o el padre observa lo que le interesa al niño y

usa el objeto para alentar el habla. Por ejemplo, si James quería un

coche de juguete, Pim, su madre, debía levantar el coche, sostenerlo

donde pudiera verlo y alentarlo a decir «coche». Cuando trató de decir

la palabra, fue recompensado con el juguete.

 

Al principio, James aprendió palabras sueltas. Luego pasó a frases como

«coche verde» y «preparados, listos, ya». Pim también lo usó para ayudar

a James a aprender a expresar sus necesidades, como decir «botella» si

tenía sed.

 

«Solía no ser capaz de señalar algo o preguntar -recurrda Pim-. El TFR

realmente ha mejorado sus habilidades de vocabulario y comunicación. Nos

ayudó a entender lo que él necesita y quiere».

 

Menor frustración

 

A medida que avanzaba el estudio, Pim también vio disminuir los niveles

de frustración de James. «Antes no sabía cómo expresar sus sentimientos

--añade--. Cuando me iba por el día y regresaba, él no sabía cómo decir

'Mami, te he echado de menos', así que en cambio me pegaba o lloraba.

Eso ha disminuido».

 

Hoy, James, que ahora tiene 8 años, es un niño feliz que asiste a la

escuela en un aula convencional y disfruta jugando con su hermana

gemela, Jessica. Pim todavía usa técnicas de TFR para involucrar a James

en una conversación sobre sus temas favoritos, como los ascensores.

 

Al final del estudio, los niños en el grupo TFR hablaron más que

aquellos en el grupo de comparación, y estaban usando palabras comunes

que podrían ser reconocidas por otros, un marcador importante de

progreso dado que muchos niños hablaban ininteligiblemente al comienzo

del estudio.

 

Los niños en el grupo TFR también mostraron una mejoría mayor en una

medida de su comunicación social general, que es fundamental para un

resultado óptimo a largo plazo, informaron los investigadores.

 

También descubrieron que los niños que comenzaron con capacidades de

desarrollo más bajas se beneficiaron más de la intervención, un hallazgo

sorprendente ya que muchas terapias para el autismo son de mayor

beneficio para los niños que funcionan mejor.

 

«Es desalentador para los padres de niños de bajo funcionamiento si les

decimos que a los niños de mejor funcionamiento les va mejor, porque a

los niños de mejor funcionamiento ya les va mejor», señala Gengoux.

 

Los nuevos hallazgos sugieren que los padres pueden desempeñar un papel

especialmente valioso para ayudar a los niños que tienen mayores

necesidades.

 

Los investigadores de Stanford creen que los hallazgos de este ensayo

son prometedores, pero que necesitan ser replicados en investigaciones

más amplias. Actualmente también están reclutando niños pequeños con

autismo para un nuevo estudio sobre cómo cambia el cerebro en TFR.