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7 de octubre de 2019

Todos los niños son distintos, aunque reciban la misma educación. Nunca

son iguales, cada uno tiene necesidades diferentes y una personalidad

propia. Muchas veces, en nuestro afán de querer imponerles nuestros

modelos o ideales, cometemos el error de compararlos, opina Pedro Monty

en Grada.

 

Esta comparación puede provocar en ellos una baja estima que genere

miedos e inseguridades. Estas inseguridades pueden interferir en el

desarrollo de sus habilidades y las posibilidades de expresar sus

aprendizajes, por el temor a no cumplir con las expectativas que los

adultos tenemos, en una sociedad donde parece que nada es suficiente y

tenemos la sensación de que si no nos ponemos las pilas, nos quedaremos

rápidamente atrás, siendo barridos por los nuevos adelantos.

 

Por eso, no es extraño que en las últimas décadas muchos padres hayan

asumido un modelo de educación sustentado en la hiperpaternidad. Se

trata de padres que desean que sus hijos estén preparados para la vida,

pero no en el sentido más amplio del término sino en el más restringido

y con una sola meta: quieren que sus hijos sean los mejores. Y lo peor

de todo es que creen que lo hacen ‘por su bien’.

 

El principal problema de este modelo educativo es que añade una presión

innecesaria sobre los pequeños, una presión que termina arrebatándoles

su infancia y crea a adultos emocionalmente rotos. Bajo presión, la

mayoría de los niños son obedientes y pueden llegar a alcanzar los

resultados que sus padres les piden; pero, a la larga, de esta forma

solo se consigue limitar su pensamiento autónomo y las habilidades que

le pueden conducir al éxito real.

 

Si no le damos espacio y libertad para encontrar su propio camino porque

le colmamos de expectativas, el niño no podrá tomar sus propias

decisiones, experimentar y desarrollar su identidad. Cuando los padres

se centran más en los resultados que en el esfuerzo, el niño perderá la

motivación intrínseca, porque comprenderá que cuenta más el resultado

que el camino que ha seguido. Por tanto, aumentan las probabilidades de

que cometa fraude en el colegio, porque habrá perdido el interés por el

camino, y solo buscará el resultado.

 

El miedo al fracaso es una de las sensaciones más limitantes que podemos

experimentar. Y esta sensación está íntimamente vinculada con la

concepción que tengamos sobre el éxito. Por tanto, empujar a los niños

desde temprano al éxito a menudo solo sirve para plantar en ellos la

semilla del miedo al fracaso y que acaben siendo mediocres por ese temor

a no lograr lo que se proponen.

 

Los niños no necesitan ser los mejores, solo necesitan ser felices. Por

eso, solo debes cerciorarte de que tu hijo sepa:

 

    Que es amado, de forma incondicional y en todo momento, sin

importar los errores que cometa.

    Que está a salvo, que le protegerás y apoyarás siempre que puedas.

    Que puede hacer el tonto, perder el tiempo fantaseando y jugar con

sus amigos.

    Que puede elegir lo que más le gusta y dedicarse a esa pasión, sin

importar de qué se trate. Que puede pasar su tiempo libre haciendo

collares de flores, o pintando gatos con seis patas, si es lo que le

apetece, en vez de practicar la fonética o el cálculo.

    Que es una persona especial y maravillosa, al igual que muchas

otras personas en el mundo.

    Que merece respeto y que debe respetar los derechos de los demás.

 

Valoremos la personalidad y las cualidades de cada uno de nuestros

niños, motivándolos a ser mejores cada día para su progreso personal, no

para ser igual a otro, sino para ser mejor que él cada día.