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12 de abril de 2019

En medicina existe una frase hecha que afirma, con un punto de ironía,

que, en general, la salud de una persona depende, incluso más que de su

código genético, de su código postal, es decir, del lugar donde los niños

nacen y crecen. Obviamente, una exageración, pero invita a reflexionar

sobre un hecho cierto: la salud de una persona está muy condicionada por

las circunstancias del medio en que vive, publicó Alergia y Asma.

 

La dotación genética constituye el conjunto de instrucciones, heredadas

de nuestros padres, que determinan el potencial biológico con que cada

uno de nosotros nace. Que ese potencial finalmente llegue a

desarrollarse o no depende, en gran medida, de circunstancias

ambientales. De la dieta, del aire que respiramos, del entorno de

trabajo,  de los microorganismos con los que interaccionamos, … en

definitiva, de las características del sitio en que crecemos y vivimos;

o, dicho de un modo muy simplificado y exagerado, del código postal,

entendiendo el código postal como un simple símbolo identificativo del

lugar en que vivimos.

 

En lo que respecta a las enfermedades alérgicas, esa afirmación es

especialmente importante.  La enfermedad alérgica tiene un componente

genético (se hereda “la predisposición a ser alérgico”) y un componente

ambiental extraordinariamente relevante, que va a condicionar que el

sujeto se vuelva alérgico, y, en tal caso, por sensibilización a cuál o

cuáles alérgenos: lo que comemos, el aire que respiramos, el entorno de

trabajo, nuestos hábitos, … todo ello tiene una importancia determinante

en la aprición de las enfermedades alérgicas. Ya hemos hablado en este

blog, por ejemplo, de la excepcionalmente baja prevalencia de asma en

los niños amish de Norteamérica.

 

La semana pasada, un nuevo estudio publicado en la revista “Trends in

Immunology” vino a confirmar que, a pesar de que todos heredamos un

conjunto único de genes que ayudan a responder a las infecciones, los

sistemas inmunes varían de persona a persona, y son precisamente nuestra

biografía y nuestro entorno (cómo, dónde y con quién vivimos) los

responsables de entre el 60 y el 80% de las diferencias entre los

sistemas inmunológicos individuales, mientras que la genética es

responsable únicamente del resto. Se trata de una revisión sistemática,

en la que se analizan estudios publicados previamente sobre este tema,

para sacar conclusiones.

 

La diversidad, entonces (dice el autor principal de ese trabajo, Adrian

Liston, jefe del Laboratorio VIB de Inmunología Traslacional en Bélgica,

refiriéndose concretamente a la diversidad de nuestros sistemas

inmunes), no está sólo programada en nuestros genes, sino que emerge de

cómo nuestros genes responden al medio ambiente. Alejándonos de la idea

simplista de que sólo hay un sistema inmune, los autores afirman que

estamos empezando a descifrar lo que ellos llaman el código

inmunológico, las circunstancias que hacen que un sistema inmunológico

se desarrolle y evolucione en determinado sentido.

 

Sabemos ya, por ejemplo, que las infecciones a lo largo de la biografía

del individuo (y muy especialmente en etapas tempranas de la vida) son a

largo plazo responsables de la mayoría de las diferencias entre los

sistemas inmunes individuales. Pero nos queda todavía mucho por conocer.

 

Es un campo apasionante, ya que el conocimiento preciso de las

influencias que dan forma a nuestro sistema inmunológico podría permitir

cambiar a propósito nuestro medio ambiente podría dar forma a nuestro

sistema inmunológico y potencialmente afectar a nuestra salud: cuándo

introducimos por vez primera los distintos alimentos en la dieta de

nuestros hijos, qué animales son recomendables como mascotas para

nuestros hijos, qué especies vegetales plantamos en las zonas verdes de

nuestras ciudades.

 

Nos queda mucho por aprender, pero es una buena noticia que el ambiente

sea tan relevante, ya que actuar sobre el ambiente es más fácil que

hacerlo sobre la dotación genética de las personas.