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23 de agosto de 2019

Por Fernando E. Juan Lima

 

Durante la primera hora de "Erase una vez en Hollywood / Había una vez

en Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood" (2019), Tarantino planea

caprichosa y lúdicamente sobre muchos temas que parecen estar allí menos

que para presentar a los protagonistas (un actor de westerns de cine y

televisión, interpretado por DiCaprio y su doble de cuerpo, en la piel

de Brad Pitt) que para darse unos cuantos gustos seguidos.

 

El año es 1969, la música, la tele y el cine pueblan una Los Ángeles

mítica en la que hippismo y psicodelia están más en plano que la guerra

de Vietnam. Del spaghetti western a la aparición de Sharon Tate, el

acento creciente en figuras conocidas, puede hacer pensar que por allí

irá la cosa, pero no. Respeto la voluntad (o la estratagema) de Quentin

y no abundar en detalles de la trama. Sólo advierto que cabe tener

presente que a Tarantino, como en "Bastardos sin Gloria / Infamous

Basterds", le gusta reescribir la historia.

 

En otros tiempos (menos violentos que los actuales) una película de

Tarantino podía ser un blockbuster. No hay más, en el mundo, lugar para

tanques para un público adulto. Preocupa por eso el plato único y

continuado de la sucesión de super héroes ad infinitum. ¿Cuántos

espectadores puede hacer "Erase una vez en Hollywood / Había una vez en

Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood" en Hollywood si es un

exitazo? ¿300 000? ¿500 000? Dudo que más y no porque la película no lo

merezca. Quizás, de manera más salvaje porque esa es la tendencia en

todos los ámbitos, con este tipo de cine pase lo que al western con el

spaghetti: su depuración y éxito es el comienzo de su declinación.

 

Las películas que homenajea, cita y ama Tarantino eran populares; las

que hace, no. Paradojas que se repiten: su reconocimiento por parte de

lo que se considera Cultura (la mayúscula no es un error de tipeo)

implica un paso más hacia su confinamiento en salas de museo o, peor

aún, al final del camino las plataformas (su requerimiento de que las

proyecciones fueran, como lo han sido, en 35mm parece el último estertor

de un triste e inmodificable rumbo).