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February 5, 2019

La red está cada vez más llena de videos de niños pequeños o bebés que nos hacen reir, que son objeto de mofa o burla. Para algunos expertos en comunicació social, estos comportamientos aireados por los padres, que pueden llegar a millones de personas en todo el mundo, son susceptibles de perjudicarles en el futuro, dice La Vanguardia.

 

El vídeo de ‘Charlie bit me’ (Charlie me ha mordido), en el que un bebé muerde la mano a su hermano mayor, tiene más de 850 millones de visualizaciones desde que se publicó en 2007.

 

Otro ejemplo es el vídeo de ‘David after Dentist’ (David después del dentista), que desde 2009 ha cosechado los 150 millones de reproducciones en Youtube. En este sketch el pobre David, aún bajo los efectos de la anestesia, le pregunta a su padre si lo que le sucede es la vida real. Ahora ya existen hasta parodias del vídeo original con personajes famosos como Donald Trump o Darth Vader de Star Wars.

 

Cuando se publicaron, Instagram y Snapchat todavía no habían nacido y la gigantesca Facebook estaba dando sus primeros pasos. Hoy día estas redes sociales tienen millones de usuarios, de manera que la repercusión de los vídeos y las fotos se ha multiplicado. Lo que subimos a Internet de nuestros hijos, sin su consentimiento, permanece allí fuera de nuestro control. Publicar un vídeo suyo haciendo el indio puede parecernos gracioso, pero ¿y a ellos?

 

La práctica cada vez más habitual del sharenting (sharing –compartir- y parenting –criar-) ha encendido el debate sobre si los padres tienen o no derecho a compartir en Internet información de sus hijos. De aquí, el papel de las campañas que fomentan un uso responsable de las redes sociales, como la iniciativa Por un uso Love de la Tecnología que promueve Orange.

 

Esta campaña tiene como objetivo sensibilizar y abrir el debate sobre ciertos fenómenos asociados a la nueva sociedad digital, y los riesgos que pueden conllevar si se realizan de forma inadecuada o abusiva, especialmente cuando están menores involucrados. Prevenir siempre es mejor que curar.

 

Los expertos alertan de los riesgos que comporta para el desarrollo psicológico de los menores la publicación masiva de su información. Cuando los niños son suficientemente mayores para usar una red social, descubren que los padres han creado –tal vez sin ser conscientes de lo que esto supone– una identidad digital que no han podido construirse ellos mismos. De manera que estamos “obligándoles a asumir esas imágenes y esos trazos biográficos del pasado”, asegura el sociólogo y profesor de la UOC Francesc Núñez.

 

En algunos países ya han estallado casos de denuncias de hijos a padres. En Austria, en 2016, se armó un gran revuelo cuando una joven de 18 años demandó a sus padres por no retirar de Facebook centenares de imágenes suyas. Ellos alegaban que eran fotos familiares, pero la chica no lo veía así.

 

Poco después, un niño canadiense de 13 años llevó a sus padres a los tribunales porque habían colgado fotografías que dañaban su reputación. En Francia, las autoridades contemplan cuantiosas multas por infringir la privacidad de los menores. Los tribunales españoles, por su parte, recuerdan que la ley española exige que los padres actúen en beneficio del menor y eviten la sobreexposición de sus hijos.

 

Probablemente el problema irá a más con el tiempo. Los afectados son menores que están muy lejos de la mayoría de edad y no han alcanzado la madurez para denunciar estos hechos, pero “en 15-20 años nos encontraremos con adultos que tienen toda o gran parte de su vida personal y familiar expuesta en las redes sociales sin que ellos hayan podido decidir” advierte, por su lado, la fiscal Escarlata Gutiérrez Mayo.

 

¿Hasta qué punto tienen derecho los padres a compartir esa información privada de sus hijos en las redes sociales? El debate es tenso, pero lo cierto es que cada vez más voces, especialmente entre juristas y sociólogos, reclaman una mayor concienciación de los padres respecto a lo que publicamos en Internet sobre nuestros hijos porque podríamos estar vulnerando su derecho a la intimidad, protegido en tratados internacionales como la Convención de Derechos del Niño.